Biografía
Manuel Colmeiro: los orígenes de una mirada
Manuel Colmeiro Guimarás nació el 7 de agosto de 1901 en Chapa, una pequeña parroquia del municipio de Silleda (Pontevedra). Fue el segundo hijo de Albino Colmeiro, sastre, y María Guimarás, padres de cuatro hijos: Ramón, Manuel ,María Luisa e Isabel
Su primera infancia transcurrió entre los montes húmedos de Chapa y San Fiz de Margaride, lugares que permanecerán indelebles en su memoria y en su pintura.
De aquellos años rurales —la tierra labrada, el pan recién hecho, la luz gris de Galicia— brotará el imaginario entero de su obra.
Colmeiro decía que “para un pintor, el clima, el paisaje, la luz y las gentes de su infancia son los que definen su personalidad”.
Era un entorno agrario, austero, golpeado por la pobreza que empujaba a muchos gallegos a la emigración.

Buenos Aires: formación, inquietud y compromiso (1913–1926)
Colmeiro inició sus estudios artísticos en la Asociación Estímulo de Bellas Artes, con el profesor Eugenio Daneri. La enseñanza académica, sin embargo, pronto le resultó insuficiente. A los dos años la abandonó, convencido de que el arte no se aprendía en los manuales.
En 1919 conoció a Demetrio Urruchúa y a los artistas de origen catalán José Planas Casas y Pompeyo Audivert. Juntos formaron un grupo de trabajo autónomo, convencido de que el aprendizaje verdadero debía surgir del intercambio y la reflexión común.
El taller que compartían estaba en una habitación alquilada al fotógrafo ruso Basilio Schavedoff, un exiliado de la revolución de 1905 que les hablaba de Gorki, del socialismo y de la dignidad del trabajo.
Allí, entre lienzos, libros y discusiones apasionadas, se forjó el carácter intelectual del joven Colmeiro.
Lo que más lo definía era su rigor y la intensidad con que trabajaba. La naturaleza, y su pasión por la pintura se entrelazaba con una fuerte conciencia social.
De esa experiencia surgieron obras marcadas por la temática laboral: escenas del puerto de Buenos Aires , de los cargadores, de la vida obrera. En ellas se revela una mirada solidaria hacia el trabajo y el esfuerzo humano, en sintonía con el realismo social de los pintores argentinos como Benito Quinquela Martín y la poética de la Nueva Objetividad cercana a las fotografías de Horacio Coppola, en las que se exaltan la dignidad de los oficios manuales y las actividades colectivas.
Pero incluso en la gran metrópoli, su pensamiento permanecía en Galicia. Su arte, desde entonces, sería un puente constante entre el lugar vivido y el lugar recordado. De acuerdo con el testimonio del artista, buena parte de esta obra realizada en Buenos Aires fue destruida o se quedó en la Argentina.
El regreso a Galicia (1926-1937)
En 1926, después de más de una década de aprendizaje y búsqueda, Colmeiro regresó a Galicia. Se instaló de nuevo en la casa familiar de San Fiz de Margaride, y aquel reencuentro con la tierra natal lo emocionó profundamente.
En una entrevista recordaría su llegada a Vigo: “Cando cheguei un bo día de xuño, dixen: carai, Vigo é azul”. El reencuentro con su paisaje y su gente no fue una vuelta al pasado, sino un nuevo comienzo.
Desde ese momento se dedicó por completo a la pintura y lo logra con ser becado entre los años 1928 y 1930 por la Diputación de Pontevedra lo que le permite viajar a Madrid y Barcelona para ampliar estudios y conocer de cerca la pintura moderna española y europea. La primera Exposición la hace en en la sala del Faro de Vigo en 1928.
Realiza las primeras muestras en Pontevedra, Vigo, Madrid, Bilbao y Lisboa, consolidando su trabajo y proyección como se puede ver en los catálogos de las mismas. Su pintura de este período es robusta, simbólica, poblada de campesinos, mujeres y ferias. Los cuerpos tienen la solidez de la piedra, y la luz —gris, azulada, húmeda— es la misma de su infancia.
Madurez, exilio y síntesis
Con el estallido de la Guerra Civil Española, Colmeiro, comprometido con la República, se ve obligado a exiliarse nuevamente a Argentina, y más tarde se instala en París, donde alcanzará su madurez plena.
A lo largo de las décadas siguientes, su pintura evolucionará desde un realismo de raíz simbólica hacia un lenguaje más luminoso y universal, centrado en el color, la figura humana y el paisaje interior.
El catálogo Espazos e encadramentos del Museo MARCO (2020) resalta cómo toda su trayectoria, desde los talleres porteños hasta su regreso final a Galicia, está guiada por una misma búsqueda: la de un “realismo moderno” profundamente vinculado a lo popular y a la memoria.
En su obra, el pan, la mujer y la tierra se transforman en signos de continuidad; el arte, en un acto de fe en la vida.



